¡Qué decepción! Este pasado día 2, en la abarrotada plaza y aledaños del Ayuntamiento guadalajareño, no he visto caras conocidas de familiares y amigos, los mismos que un lejano día dijeron querer (sic) a Ceuta y sus gentes: cristianos, musulmanes, hebreos e hindúes.
No veo, insisto, a quiénes han disfrutado paseando por sus calles, deleitando su mirar, llenado andorgas en los muchos y variopintos bares y restaurantes, refrescándose en las aguas mediterráneas de las playas de la Rivera y del Chorrillo, también en las gélidas y bravas de Calamocarro, haciendo frente a la mole de Gibraltar; también celebrando el momento con los elogios al Parque Marítimo del Mediterráneo, que fue diseñado por el artista lanzaroteño César Manrique, y que, para los no iniciados, es mucho más que una piscina enorme, es un espacio de arquitectura blanca, vegetación frondosa y agua salada. Todo un lujo.
Tampoco veo a los ruiseñores, trigueros, pardillos, que cierto día me dijeron tan panchos: "que Ceuta y Melilla no valen una guerra contra el invasor".
Quiénes no conocen Ceuta, y Melilla, no pueden alardear de conocer bien España. Su paisanaje es variopinto, multicultural, heterogéneo, quizás por ello tienden a respetarse, entenderse y convivir en paz.
Ya lo aseveró el héroe español de origen guipuzcoano, Blas de Lezo: "Una nación no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden".
Manuel Corral de la Fuente